El decrecimiento

d.jpg“[…] hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales”.

(Carlos Taibo: En defensa del decrecimiento. Madrid, La Catarata, 2009). 

La propuesta del decrecimiento conjura sensaciones discordantes. Por una parte, se trata de una corriente que, sin duda, recupera unas cuantas certezas constatadas: el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza está en un momento de franca amenaza; el índice PIB (producto interior bruto) y su sentido de la cuantificación de la riqueza, mide dicha riqueza solo en función de criterios economicistas que soslayan valores como el bienestar humano o la conservación del medio ambiente. Hay, pues, un concepto mal entendido o restringido de la riqueza. Además, la huella ecológica de los países del Norte trasciende de manera ascendente la capacidad ecológica de la Tierra para regenerar sus recursos; amén de la traducción del impacto antropogénico sobre el planeta en términos de cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminaciones, etc. Cosas todas estas, creo, ampliamente aceptadas por la comunidad de científicos, filósofos e investigadores.

Y sin embargo, la conjura de sensaciones discordantes a que remito arriba alude, en primer lugar, a otros tantos supuestos decrecentistas que son, a mi juicio, más susceptibles de réplica: no sé si la globalización es, en conjunto, fundamento de una perversidad absoluta, ni si las alternativas al capitalismo no corren el riesgo de ser otras tantas utopías totalitarias… (si bien es cierto que la exacerbación de las ideas de capital, propiedad privada, libre mercado, consumo, etc., derivan en un neoliberalismo que financiariza perniciosamente la existencia y la naturaleza). En cualquier caso recelo de soluciones ideológicas y político-sociales ideales. Por otra parte, y sin caer en una tecnofilia ingenua y acrítica, creo (al contrario que el movimiento decrecentista) que confiar en y promover el progreso tecnocientífico es obligado en orden a la resolución de los problemas energéticos, demográficos y medioambientales.

Destacaría especialmente en las propuestas del decrecimiento la voluntad de repensar nuestro estilo de vida y nuestras relaciones sociales y de producción, la acción encaminada a la sostenibilidad y a la redistribución de la riqueza, así como la renuncia a las prácticas mercantiles (y mercantilistas) de obsolescencia programada y la denuncia de las falacias en la aritmética del “crecimiento económico”.

Los argumentos del decrecimiento no son, pues, en absoluto baladíes. Advierten del ecocidio reinante y sugieren remedios. No comparto todas sus prescripciones, pero me parece valiente reprender las utopías sobre un crecimiento ilimitado en un mundo naturalmente acotado y que amenaza el colapso.

[Imagen: foto propia].

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