Ecocidio

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Ecocidio revela que la Historia que nos enseñaron en el bachillerato es parcial y defectuosa. Así, nos explicaron las causas siempre políticas, sociales, doctrinales, económicas, bélicas…— del declive y agonía de las civilizaciones (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, la antigua China, los mayas), pero nunca mencionaron los “disparates ecológicos” de la Antigüedad como coadyuvantes, si no causantes directos,  de esos colapsos.

“La historia de la humanidad está llena de relatos sobre las actividades ecocidas primitivas de los grandes imperios […] todos los cuales destruyeron sus bosques y la fertilidad de su suelo cultivable y eliminaron buena parte de la fauna original”.

Es virtud de este libro el presentar los fenómenos globales referidos a los ecocidios desde un punto de vista interdisciplinario e histórico. Su autor es sociólogo ambientalista, y el lector agradece que los materiales usados en la obra estén tomados tanto de las ciencias sociales como de las naturales. “El objetivo de este libro —escribe Broswimmer— es afinar nuestra comprensión histórica y sociológica del ecocidio y explorar posibles alternativas liberadoras”.

La evolución cultural de nuestra especie muestra su aspecto más destructivo en la degradación medioambiental y la extinción en masa de las especies. Ecocidio incide —pássim— en la pérdida de biodiversidad como un daño ecológico cimero (incluso por encima de la contaminación ambiental y el cambio climático), en coherencia con lo que otros autores (para el caso español, pienso en Delibes de Castro) vienen comentando en los últimos años. De modo que las razones contra la pérdida de biodiversidad se multiplican. Por resumir, y en cuanto a las dependencias de nuestra especie del resto, el autor arguye: 

  • otras especies producen el oxígeno que respiramos;
  • absorben el dióxido de carbono que exhalamos;
  • producen nuestro alimento;
  • mantienen la fertilidad de nuestro suelo;
  • nos proporcionan madera y papel;
  • el mundo natural proporciona incontables beneficios médicos, agrícolas y comerciales.

En definitiva, dependemos profundamente de la biodiversidad, y la irreparable e irreversible pérdida de las especies es un problema ecológico de primer orden.

La historia de las relaciones problemáticas entre naturaleza y sociedad es por tanto dilatada. Ya hay un primer indicador de la capacidad humana para modificar la naturaleza en el exterminio de la megafauna del Pleistoceno. Pero la era moderna y el nacimiento del capitalismo supondrán unas consecuencias ecológicas colosales:

“Los acontecimientos de 1492 pusieron en marcha la erosión de la diversidad cultural y ecológica, cuya importancia sería más tarde considerablemente amplificada por el progresivo sometimiento de todas las regiones del planeta al capitalismo industrial”.

El autor pasa revista a las consecuencias ecológicas de la revolución industrial, haciendo hincapié en el daño del moderno comercio de pieles, la matanza masiva del bisonte norteamericano y la caza comercial de cetáceos, todas ellas formas de ecocidio. Además, las guerras y conflictos bélicos modernos son tratados como ejemplos de destrucción sistemática del medio ambiente. En definitiva, si bien todas las culturas humanas han sido ecocidas (los pascuenses de Rapa Nui son otro lamentable ejemplo tratado en el libro), el desarrollo histórico profundo del siglo XX  marcó una capacidad inédita de daño grave a los ecosistemas mundiales. Hemos convertido el planeta en auténtica “zona de sacrificio”, en el cual no es menor el problema derivado de la explosión demográfica: “sin un programa demográfico, los esfuerzos para un desarrollo social alternativo y una restauración ecológica mundial” son inútiles. Según Broswimmer, en el curso de la próxima generación “necesitamos el crecimiento cero de la población”.

Al final, Ecocidio para mientes en el impacto ecológico de la globalización y el neoliberalismo. Así, las multinacionales “son parte integrante del desastre ecocida moderno”. No en vano dominan los mercados globales, poseen un poder económico mayor que muchos estados, y prosperan sobre la base de una legitimación espuria de sus prácticas ecológicas dañinas. El “capitalismo tardío” exacerba el “proceso de mercantilización de los seres vivos y el medio ambiente”. Creo que no es preciso insistir en la “inmoralidad estructural” edificada sobre las instituciones del poder neoliberal, ni en los riesgos ecocidas de una existencia centrada en el consumo ilimitado, lo comercial y el mito del crecimiento infinito.

¿Qué hacer?

El autor nos propone lo que denomina “democracia ecológica”:

“El hecho de dar voz y voto a la naturaleza muda en todas las deliberaciones humanas. Aquí la democracia representativa se convierte esencialmente en eso mismo: los humanos re-presentan (vuelven de nuevo presentes) a las demás criaturas en todas sus actividades. La democracia ecológica no puede alcanzarse sin democracia de base y sin democracia económica, y viceversa”.

Lo que, entre otras cosas, parece significar que ya no puede haber justicia ni paz sociales sin justicia ni paz ecológicas. Que la lógica del capitalismo, sus falsas ideas y valores materialistas están obsoletos, y que porque “nuestra actual situación ecocida no se ha desarrollado en un vacío social”, sino que tiene un contexto histórico concreto, necesitamos integrar una lógica de la democracia ecológica en las esferas política y económica. Sin democratizar la economía y el Estado no se puede resolver la crisis medioambiental.

Sostiene, en fin, este libro que es nuestra incapacidad para desarrollar una democracia ecológica auténtica la que impulsa la extinción en masa de las especies, así como el resto de dificultades medioambientales. Que la globalización neoliberal (con “los recursos económicos en un número de manos cada vez menor, estructurando así la toma de decisiones sobre el uso y la aplicación de la riqueza social de acuerdo con los imperativos instrumentales de la acumulación de capital”), así como la explosión demográfica (que amplía “la capacidad de los seres humanos para desplazar y aniquilar a otras especies”) ocasionan daños ecológicos incuestionables. Pero sin ánimo de fatalismo, pues, según insiste su autor, las tendencias ecocidas no son inevitables, en el sentido de que son resultado histórico de nuestra evolución social y cultural. De modo que aún tenemos la capacidad para comprender, adaptarnos y recuperar el planeta equivocadamente tratado como “zona de sacrificio”.

Bibliografía: Broswimmer, Franz J.: Ecocidio. Laetoli, Pamplona, 2005.  

 [Imagen: foto propia] 

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