La venganza de la Tierra

La venganza de la Tierra

“El concepto de Gaia, un planeta vivo, es para mí la base de cualquier ecologismo coherente y práctico. Contradice la extendida creencia de que la Tierra es una propiedad, una finca, que existe solo para ser explotada por la humanidad. Esa falsa convicción de que somos propietarios del planeta, o tan siquiera sus administradores, nos permite seguir hablando de políticas ecologistas con la boca pequeña mientras continuamos nuestras actividades como si nada” (p. 197, las negritas son nuestras).

Propongo definir las palabras rubricadas en negrita como ejercicio de explicación sucinta de La venganza de la Tierra (la teoría de Gaia y el futuro de la humanidad), de James Lovelock. El autor es ya un clásico ineludible —y controvertido— de la ciencia y la divulgación sobre medio ambiente, ecologismo, el estado de la Tierra y las fuentes de energía.

Gaia, Teoría de. Según esta, la Tierra es “un sistema autorregulado que surge de la totalidad de organismos que la componen, las rocas de la superficie, el océano y la atmósfera, estrechamente unidos como un sistema que evoluciona”. Hasta aquí, puede que todos estuviéramos de acuerdo; pero, como dice Lovelock, su “personalización” del sistema Tierra, entendida como metáfora de una Tierra viva, capaz de “rebelarse” y “vengarse” por el daño infligido por la humanidad “irrita a los científicamente correctos”. No obstante Gaia, como reconoce su autor, es una metáfora, una figura o imagen encaminada a la difusión no solo de la naturaleza compleja y diversa de la Tierra sino a la prevención de los peligros que nos esperan. Así pues, más allá de admitir que Gaia (el sistema Tierra) tiene un “objetivo” (regular las condiciones de su superficie para que sean favorables para la vida), la noción de Gaia, como metáfora de una Tierra viva, recoge ideas aparecidas ya en la filosofía griega y en el Renacimiento (Leonardo da Vinci, Giordano Bruno), y en los siglos siguientes hasta convertirse, con Lovelock, en una “ciencia del sistema Tierra”: “se basa en observaciones y modelos teóricos y ha realizado predicciones correctas”.

Ecologismo. Conforme se avanza en el libro, uno tiene la sensación de que su autor está próximo a las teorías propugnadas por la denominada Ecología profunda (sospecha que verá confirmada por Lovelock hacia el final del libro), así como a la filosofía de Arne Naess. Gaia es lo primero; la humanidad viene después, porque nuestra supervivencia depende “de aceptar la disciplina de Gaia”. Es decir, según Lovelock no es inhumano ni cruel pensar primero en salvar a la Tierra, en tanto que sistema vivo, porque nuestra vida depende de que seamos capaces de estar en paz con ella.

Por otro lado, Lovelock disiente de los que llama “ecologistas profundos de origen humanista”, aquellos que, siempre según Lovelock, desprecian la tecnología, prefieren las energías y medicinas alternativas y dejar a la Naturaleza seguir su curso… Pero, dado que dependemos por completo de los combustibles fósiles, claramente contaminantes y periclitados, Lovelock asume como “remedio necesario” y mal menor el uso de la energía nuclear. Sin duda el tema más polémico en torno a este autor es su defensa a ultranza de dicha energía. No entraremos aquí en detalles, pero sirva como síntesis de su argumentación una breve cita:

“La energía nuclear está disponible de forma inmediata, y tendríamos que empezar a construir nuevas centrales sin más demora. Todas las alternativas posibles, incluida la energía de fusión, necesitan todavía décadas de investigación y desarrollo antes de poder ser empleadas a escala suficiente como para que su uso se traduzca en una reducción de las emisiones” (p. 156).

Así pues, según Lovelock, ahora no podemos reemplazar por completo la energía nuclear por renovables (eólica, solar, mareomotriz; hidroelectricidad, biocombustibles…). Al menos como medida temporal, habría que seguir explotando la energía nuclear, no porque sea la panacea sino porque, y pese a los riesgos (según él, exagerados. Me pregunto qué pensará ahora, después del accidente nuclear de Fukushima…), su uso sería un mal menor en comparación con los peligros de los combustibles fósiles.

Lovelock, con independencia de que aceptemos sus argumentos, razona con lógica y solidez su defensa de la energía nuclear. Además, la imagina “formando parte de una cartera de fuentes de energía […] medida temporal mientras ganamos tiempo para que, tras haber servido a nuestros propósitos, pueda ser reemplazada por energía limpia de otro tipo”. ¿Cuáles son esas energías limpias? Las renovables, la de fusión (cuando dispongamos de ella) y la quema de combustibles fósiles en unas condiciones en las que los residuos de dióxido de carbono puedan ser aislados y no expulsados a la atmósfera, a fin de contrarrestar el calentamiento global.

Bibliografía: Lovelock, James: La venganza de la Tierra. Planeta, Barcelona, 2007.

 [Imagen: foto propia] 

 

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